El amor y la pasión (Cuento Milenario)
Cuento Milenario: El amor y la pasión

09 Oct Cuento milenario: “El amor y la pasión”

Soy de la época de Disney. De la del principio, cuando había los príncipes azules, las princesas de pelo largo con vestidos pomposos, caballos blancos y palacios. Nada de princesas guerreras ni cosas así… ¡eso era demasiado moderno!

Crecí con la Sirenita, la Cenicienta y la Blancanieves, personajes todos ellos que tenían un objetivo común: enamorarse (con mucha floritura, pero enamorarse al fin y al cabo).

Más allá del sexismo que eso supone en una sociedad como la de hoy en la que gracias a Dios las mujeres tenemos más aspiraciones en la vida que casarnos con un principe y procrerar, recuerdo que tiempo después de ver la película y con mi inocencia infantil, me preguntaba como les iría a Blancanieves y al Príncipe después de casados. ¿Qué demonios quería decir eso de “y vivieron felices y comieron perdices”? ¿siempre felices? ¿siempre siempre?

En reuniones con amigas siempre expongo lo mismo, el enorme daño que nos hizo crecer con la idea de un principe azul montado en su caballo blanco que vendría a buscarnos y gracias al cual nuestra vida sería perfecta y cobraría todo su sentido. Porque si, lo confieso –y por lo que conozco no soy la única–, que yo esperé a ese príncipe y cuando llegó lo idealicé, tenía que ser perfecto, una especie de semi-dios.

Todo ello consecuencia de la creencia arraigada de un amor que todo lo podía, que no necesitaba de nada más que un “te quiero” para prosperar y que sería para siempre, a costa de lo que fuera.

Con el tiempo también descubrí que el concepto de pareja como un objetivo para la realización personal llevaba en ocasiones implícito una desconexión interior de lo más preocupante y una severa falta de autoestima en la que se asociaban ideas como “no puedo vivir sin [nombre del amado]”, “sin [nombre del amado] no soy nada” o “sin pareja mi vida no tiene sentido”, entre muchas otras.

Para mi eso no es amor, eso es dependencia emocional disfrazada de pasión. Ese desgarro del alma por el ser amado, ese “todo vale”, ese torrente emocional que te remueve las tripas. Esa falsa idea de “la media naranja” que esconde un miedo fundamental: miedo a la soledad.

Amor adolescente / Amor adulto

Hay una frase preciosa que dice algo así “el pez no supo que era pez hasta que salió del agua”. Y es que la realidad dual en la que vivimos nos permite experimentar el contrario u opuesto de algo posicionándonos en la situación de testigo y dándonos el poder de elegir dónde ponemos nuestra atención.

Pero para ello, tenemos que experimentar ese opuesto. Por eso creo que en la adolescencia, el proceso natural es vivir la pasión creyéndonos que eso es amor. Beber del otro y sentir en todos los poros de nuestra piel el cóctel hormonal al que estamos expuestos. Todo es extremadamente intenso, las emociones estan subidas en una montaña rusa cuyo único objeto de interés es el otro (cualquiera que no sea yo, vaya).

Hasta que llega lo opuesto… y vuelvo al pez.

Darte cuenta que no eres lo que creías que eras suele implicar una ruptura de creencias y suele doler, si. (No sé qué pensó el pez cuando lo empujaron a salir del agua, pero él se creía uno con el agua y de repente resulta que no.)

En nuestro caso, el “darte cuenta” suele implicar un desamor doloroso y profundo, que remueva todo nuestro sistema de creencias y que nos obligue a mirarnos a nosotros mismos para sobrevivir.

Ese “darte cuenta” significa también madurar, y poco a poco entender que el cultivo del amor hacia uno mismo, de la inversión en aquello que “un naufragio no te pueda arrebatar” es la única salida para tener una relación verdadera en el otro. Madurar también significa asumir y aceptar todo lo que yo soy, lo bueno y lo malo, aceptándolo y queriéndolo. Sólo así podré llegar a entender lo que el otro también es, con lo bueno y lo malo, y podré aceptarlo y quererlo. Y eso es amor. Amor adulto, que le llamo yo.

Un amor en el que la pasión queda incluida, sabiendo que va y viene pero que hay un sentimiento de fondo lo suficientemente estable y duradero como permanecer. Asumiendo que hay épocas y circunstancias, y que todo se rige por la impermanencia.

Un amor en el que no todo vale.

Porque no me vale no compartir valores fundamentales con el otro (los valores son la red estructural de creencias que generan mi realidad). Tampoco me vale ser la mitad de nadie, yo soy una en mi misma y escojo compartir parte de mi tiempo y mi espacio con alguien desde la libertad emocional. Y mucho menos me vale sustentar la relación en un “te quiero” que se lo trague todo, hace falta algo más que el querer.

Si te interesa el tema, te animo a que leas los artículos de Joan Garriga sobre el amor y la pareja. Joan es un psicoterapeuta gestáltico, director del Institut Gestalt de Barcelona, discípulo y colaborador de Claudio Naranjo. Destaco en especial este artículo: “Del viejo amor al buen amor. 12 reglas de oro para vivir en pareja hoy“.

Te adjunto la primera regla para picar tu curiosidad:

1. SIN TI NO PODRÍA VIVIR / SIN TI TAMBIÉN ME IRÍA BIEN. Somos dos adultos que nos sostenemos sobre nuestros propios pies, no dos niños buscando a sus padres. Sin ti también me iría bien, pero me alegra el corazón que sea contigo y que estemos juntos.

😉

Y a continuación el cuento… ¡Que lo disfrutes!

Cuento milenario: El amor y la pasión

En un lejano reino, allí donde se cruzan los vientos del Este con los del Oeste, los del Norte con los del Sur, se hallaba una princesa locamente enamorada de un apuesto capitán de su guardia y, aunque tan sólo contaba con 18 años de edad, no tenía ningún otro deseo que casarse con él, aún a costa de lo que perdiera.

Su padre que tenía fama de sabio no cesaba de decirle:

“No estás preparada para recorrer el camino del matrimonio. El amor, a diferencia de la pasión, es también voluntad y renuncia y, así como se expande y se recrea en las alegrías, así también profundiza y se adentra a través de las penas. Todavía eres muy joven y a veces caprichosa. Si buscas en el amor del matrimonio tan sólo la paz y el placer no es éste el momento de casarte”.

“Pero padre”, decía ella, “sería tan feliz junto a él que no me separaría ni un sólo instante de su lado. Compartiríamos hasta el más oculto de nuestros deseos y de nuestros sueños.”

Entonces el Rey, reflexionando se dijo:

“Las prohibiciones hacen crecer el deseo, y si le prohíbo que se encuentre con su amado, su deseo por el mismo crecerá desesperado. Pero, por otra parte, ella se asemeja a un tierno e inexperto capullo que desea abrir su fervor y fragancia…”.

Y así, en medio de sus cavilaciones, de pronto recordó las palabras pronunciadas por el anillo de los sabios que, en ese momento, sonaron a sus oídos en boca de Kalil Gibran:

“Cuando el amor llame a vuestro corazón seguidlo, aunque sus senderos sean arduos y penosos”.

“Cuando sus alas os envuelvan, entregáos, aunque la espada entre ellas escondida os hiera”.

“Y cuando os hable, creed en él, aunque a veces su voz rompa vuestros sueños, tal como el viento norte azota los jardines, porque así como el amor corona de jazmines y rosas, así también crucifica con espinas.”

“Pero si en vuestro miedo, buscáreis solamente la paz y el placer del amor, entonces, es mejor que cubráis vuestra desnudez y os alejéis de sus umbrales hacia un mundo de primaveras donde reiréis pero no con toda vuestra risa, y lloraréis, pero no con todas vuestras lágrimas.”

Tras el paso de esas resonancias, dijo el Rey al fin:

“Hija Mía, voy a someter a prueba tu amor por ese joven. Vas a ser encerrada con él durante 40 días y 40 noches en una lujosa cámara de la Torre de Marfil del Castillo de Primavera. Si al finalizar este período, sigues queriéndote casar, significará que sabes de individualidad y resistencia. Significará también que ya eres madura de corazón y que estás preparada para la creación de un hogar. Entonces te daré mi consentimiento.”

La princesa, presa de una gran alegría, dio un abrazo a su padre y aceptó encantada someterse a la prueba. Se diría que su mente estallaba plena de imágenes y expectativas en las que rebosaba felicidad.

Y en efecto, todo discurrió armoniosamente durante los primeros días, en los que los amantes no cesaban de saciar sus deseos anteriormente retenidos, y colmar sus íntimas carencias… pero tras la excitación y la euforia de las caricias, besos y susurros de las luces, no tardaron en presentarse las dudas y contradicciones de las sombras que al no saber como entenderlas y vivirlas, se convirtieron en rutina y aburrimiento. Y lo que al principio sonaba a embelesadora música a oídos de la princesa, se fue tornando en sonido infernal.

Aquella hermosa joven de cabellos púrpura comenzó a vivir un extraño vaivén entre el dolor y el placer, entre la alegría y la tristeza, entre la admiración y el rechazo, por lo que antes de que transcurrieran dos semanas, la princesa ya estaba suspirando por otro hombre del pasado o del futuro, llegando a repudiar todo cuanto dijera o hiciera su amante.

A las tres semanas, se encontraba tan harta de su pareja que, presa de una intensa rabieta, se puso a chillar y aporrear la puerta de la celda.

Cuando al fin consiguió salir, volvió a los brazos de su padre, agradecida de haber sido liberada de aquel ser que aún no entendía cómo había llegado primero a amar y más tarde aborrecer.

Al tiempo, cuando la princesa recobró la serenidad perdida, y encontrándose junto a las azucenas del jardín real, dijo a su padre:

“Háblame del matrimonio, Padre”.

Y el sabio Rey contestó:

“Escucha atentamente lo que dicen los poetas de mi reino”:

Nacisteis juntos y juntos para siempre. Pero,
Dejad que en vuestra unión crezcan los espacios.
Amaos el uno al otro, más no hagáis del amor una prisión
Llenáos mutuamente las copas, pero no bebáis de la misma.
Compartid vuestro pan, más no comáis del mismo trozo.
Y permaneced juntos, más no demasiado juntos.
Porque ni el roble ni el ciprés crecen uno a la sombra del otro.
(palabras de Kalil Gibran. “El Profeta”)

 

 

¿Te ha gustado? Me encantaría saber tu opinión y cómo vives tu el amor y la pasión 🙂

Por cierto, este cuento forma parte de una colección que recogió José María Doria, director de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal en su libro “Cuentos para aprender a aprender”. Encontrarás el formato descargable en su web en el que encontrarás los cuentos y el análisis de José María. Siempre un placer leerle!

Por mi parte, voy a publicar cada segundo martes de mes uno de estos cuentos milenarios y compartir contigo mis reflexiones.

Nos leemos el próximo martes.

Un fuerte abrazo, Alba.

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2 Comentarios
  • Miguel Ángel
    Posted at 23:32h, 10 octubre

    Hola Alba. Me encanta cómo escribes! Se nota que sabes de lo que hablas. Me he leído tu post y el cuento entero. Me ham gustado ambos. Desde luego que para mí el amor hacia otra persona se basa en principios, en respetar a esa persona y en ser capaz de convivir con sus proe y sus contras, es decir, quererla tal y como es. Igualmente, como bien dices, también está la otra parte (tú). Debes estar al nivel, no sentirte inferior ni superior.Tú eres el 50% de la relación y debes tenerlo en cuenta. Y la otra persona, debe tenerlo en cuenta también. Diría que cuando eso ocurre se crea una sinegia, donde la suma total es mayor que la suma de las partes.

    Sigue así Alba!!!!

    Un saludo

  • Alba Ferreté
    Posted at 09:07h, 11 octubre

    Hola Miguel Ángel!

    Muchas gracias por tu comentario, me alegra que te haya gustado 😀

    Es exactamente lo que comentas, una relación basada en la igualdad y no en la inferioridad/superioridad, así como en el respeto (para mí algo fundamental). Por eso creo que las relaciones de pareja son un amplio campo de experimentación interior, salen a relucir viejas inercias que es necesario observar para desarrollar dinámicas saludables… y entonces ocurre la magia 🙂

    Un abrazo

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