Puede ser, puede ser... (Cuento Milenario) • The Mindful Room
Cuento Milenario: Puede ser, puede ser...

14 Nov Puede ser, puede ser…

Hace no mucho vi en redes sociales una frase de la vecina rubia que decía así: “Igual sería más fácil salir de la zona de confort si lo llamásemos zona de mierda”. No le falta razón, porque cuando uno está a gustito y bien como está pocas ganas tiene de cambiar.

El tema es que conscientemente pocos se atreven a salir de esta zona de confort; suele suceder que la vida te arrastra a salir de ella y experimentar cosas nuevas.

Personalmente me pregunto si ese confort es real o es una ilusión a la que nos aferramos para no tener que movernos. Y es que a raíz de un libro la mar de interesante que me estoy leyendo llamado “El cerebro de Buda”, he descubierto que nuestra mente, que sigue teniendo las estructuras primarias que nos servían como supervivencia en la época prehistórica, sigue operando exactamente igual que antes; cuando ahora el entorno ya no tiene nada que ver.

La naturaleza, en su sabiduria immensa, lo aprovecha absolutamente todo. ¿Y qué hizo? Pues construir el nuevo modelo cerebral encima del viejo. Y claro, tenemos un lío tremendo…

Se ve que operamos en base a 3 estructuras fundamentales que mueven TODA nuestra existencia de manera permanente para “supuestamente” garantizar nuestra supervivencia:

  1. Crear separaciones entre nosotros para poner fronteras entre nosotros mismos y el mundo.
  2. Mantener una estabilidad para tener un equilibrio saludable entre los sistemas físicos y mentales.
  3. Acercarse a las oportunidades y evitar las amenazas para ganar cosas que favorecen la descendencia y resistir las que no.

Y esto que aparentemente es muy bonito y parece ideal (porque todos sentimos esa separación con el otro, todos queremos estabilidad para estar tranquilos y todos queremos que no nos ocurran cosas malas), no pasa nunca.

Todo está conectado.
Todo cambia permanentemente.
Las oportunidades no siempre vienen.
Y nos pasan cosas malas, como enfermar o morir.

Así que aferrarse a la experiencia para alcanzar la felicidad no tiene sentido, quedarse anclado en el mismo punto por no querer cambiar es imposible, y pretender evitar vivir para que lo malo no llegue es inútil.

Lo único que tienes es el ahora.

Asume que no sabes nada

Soy de las que piensa que nada pasa porque si. Y soy consciente que es la típica frase que da mucha rabia cuando estás en un momento bajo. Esta, junto con el “todo llegará a su debido tiempo” o “cuando menos te lo esperes”.

Pero lo cierto es que nada ni nadie puede asegurar que lo que estás viviendo ahora no sea para un bien mayor a la larga. Sólo cuando ha pasado y miras hacia atrás puedes conectar los puntos que te llevaron hasta el ahora. Steve Jobs habló sobre esto en una increíble conferencia en la Universidad de Standford: desde el ahora hacia atrás, todo tiene sentido.

Por ejemplo, una crisis existencial es un momento de sufrimiento y dolor cuando alguien la está pasando: no es agradable, nadie quiere pasar por ello y todo lo que quieres es volver a ver la luz. Pero cuando sales de ella y has aprendido sobre ti, sobre quién eres, lo quieres y tu papel en el mundo, no te queda otra que agradecer esa “mala” experiencia.

No puedes ni imaginarte lo agradecida que estoy de haber vivido un año tan doloroso y con tanto sufrimiento como lo fue para mi 2012. Ese año morí y volví a nacer.

Ni lo malo es tan malo, ni lo bueno es tan bueno

Las cosas, las experiencias, nuestro sentir… no son ni buenas ni malas, simplemente son; lo que causa el sufrimiento son las etiquetas que añadimos a esa experiencia que hemos tenido. Y lo curioso, es que con la perspectiva, con la fotografía global, nos vamos dando cuenta que tal vez eso que sucedió era necesario para avanzar.

Y es que la impermanencia lo mueve todo: sea cuál sea tu realidad actual, ten presente que en algún momento va a cambiar.

¿Y será a mejor? Puede ser, puede ser…
¿Será a peor? Puede ser, puede ser…

😉

Cuento milenario: Puede ser, puede ser…

En el lejano Reino de Kariel, vive Long Ching, un anciano de frágil cuerpecillo y larga barba blanca. Sus modales serenos y su palabra siempre cuidadosa y amable, hacen de él un hombre respetado en toda
la comarca.

Las gentes afirman que Long Ching, en su juventud, fue iniciado en los misterios de la antigua sabiduría. Y en realidad, tanto sus vecinos como su único hijo que con él vive, admiran su gran lucidez y templanza.

Aquel día, los vecinos de Kariel se encontraban muy apenados. Durante la pasada tormenta, las yeguas de Long Ching había salido de sus corrales y escapado a las montañas, dejando al pobre anciano sin los medios habituales de subsistencia.

Ante tal hecho, el pueblo sentía una gran consternación por lo que sus habitantes no dejaban de desfilar por su honorable casa:
¡”Qué desgracia”! ¡”Pobre Long Ching”! le decían sus vecinos, ¡”Maldita tormenta cayó sobre tu casa”! ¡”Qué mala suerte ha pasado por tu vida”! ¡”Tu casa y tu hacienda está perdida…”!

Long Ching, amable, sereno y atento, tan sólo decía una y otra vez:
Puede ser, puede ser…

Al poco, el invierno comenzó a asomar sus primeros vientos trayendo un fuerte frío a la región, y ¡Oh sorpresa! Sucedió que las yeguas de Long Ching retornaron al calor de sus antiguos establos, pero en esta ocasión, lo hicieron preñadas y acompañadas de caballos salvajes encontrados en las montañas.
Con esta llegada, el ganado de Long Ching se vio incrementado de manera inesperada.

El pueblo, al enterarse de tal acontecimiento, sintió un gran regocijo por la buena suerte del anciano, de tal forma que, uno a uno, fueron desfilando por su casa, para felicitarlo por tal bonanza.

”Qué buena suerte tienes anciano”! ¡”Benditas sean las yeguas que escaparon y más tarde aumentaron tu manada”! ¡”La vida es generosa contigo Long Ching…”!

A lo que el sabio anciano tan sólo contestaba una y otra vez:
Puede ser, puede ser…

Pasado un corto tiempo, los nuevos caballos fueron domesticados por el hijo de Long Ching que, desde el amanecer hasta la puesta del sol, no dejaba de preparar a sus animales para las nuevas faenas. Podría decirse que la prosperidad y la alegría reinaban en aquella casa.

Una mañana como cualquier otra, sucedió que uno de los caballos derribó al joven hijo de Long Ching con tan mala fortuna que sus piernas y brazos e incluso algunas costillas, se fracturaron en la tremenda caída. Como consecuencia, el único hijo del anciano quedaba impedido durante un largo tiempo para la faena diaria.

El pueblo quedó consternado por esta triste noticia por lo que todos los vecinos fueron pasando por su casa, mientras decían al anciano:
¡”Qué desgraciado debes sentirte Long Ching”! le decían apesadumbrados. ¡”Qué mala suerte, tu único hijo”! ¡”Malditos caballos que han traído la desgracia a tu casa”!

El anciano escuchaba sereno y tan sólo respondía una y otra vez:
Puede ser, puede ser…

Con el tiempo, el verano caluroso fue pasando y cuando se divisaban las primeras brisas del otoño, una fuerte tensión política con el país vecino estalló en un conflicto armado. La guerra había sido declarada en la nación y todos los jóvenes disponibles eran enrolados en aquella negra aventura.

Al poco de conocerse la noticia, se presentó en el poblado de Kariel un grupo de emisarios gubernamentales con la misión de alistar para la batalla a todos los jóvenes disponibles de la comarca. Al llegar a la casa
de Long Ching y comprobar la lesión de su hijo, siguieron su camino y se olvidaron del muchacho que tenía todos los síntomas de tardar en recuperarse durante una larga temporada.

Los vecinos de Kariel sintieron una gran alegría cuando supieron de la permanencia en el poblado del joven hijo de Long Ching. Así que, de nuevo, uno a uno fueron visitando al anciano para expresar la gran suerte que de nuevo al anciano con su Ala tocaba.

”Gran ventura ha llegado a tu vida Long Ching”! le decían ¡”Bendita caída aquella que conserva la vida de tu hijo y lo mantiene a tu lado durante la incertidumbre y la angustia de la guerra”! ¡”Gran destino el tuyo que cuida de tu persona y de tu hacienda manteniendo al hijo en casa”! ¡”La buena suerte bendice tu morada”!.

El anciano mirando con una lucecilla traviesa en sus pupilas tan sólo contestaba:
Puede ser, puede ser…

 

Cuéntame, ¿tu cómo vives los vaivenes de la vida?

Este cuento forma parte de una colección que recogió José María Doria, director de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal en su libro Cuantos Para Aprender A Aprender (Serendipity). Encontrarás el formato descargable en su web desde donde podrás acceder a los cuentos y al análisis de José María. Siempre un placer leerle!

Nos leemos el próximo martes.

Un fuerte abrazo, Alba.

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3 Comentarios
  • Pamela
    Posted at 19:51h, 14 noviembre Responder

    Hola Alba!
    Ya conocia este cuento y me encanta! 🙂 La verdad es que todo depende. Todo depende la perspectiva de quién lo mire y de eso depende si lo que pasa puede ser “bueno” o “malo”. Creo que a muchos nos ha pasado crecer, aprender o pegar un salto después de épocas muy duras así que todo puede ser 😉
    Un abrazo!

    • Alba Ferreté
      Posted at 20:08h, 14 noviembre Responder

      Hola Pamela 🙂
      Es muy bonito! Como dices, me recuerda en momentos bajos que todo depende del ángulo y que la perspectiva es vital para no caer en el desanimo.
      Un abrazo fuerte, muchas gracias por comentar!!

  • enciendemivida
    Posted at 15:09h, 06 abril Responder

    Hola Alba!

    Muy bonito el cuento (y el artículo). Como en el caso de Pamela, ya lo conocía (aunque hace pocos meses) y da a entender lo que tú bien comentas y que Steve Jobs recalcó en su excelente conferencia en Stanford.

    Probablemente sea una de las lecciones más importantes que he aprendido en el último año y medio de vida: que los sucesos que tildamos de “negativos” puede que no sean como tal si dejamos pasar un tiempo.

    Desde mi experiencia, ha sido así varias veces y la semana pasada la vida me ha puesto de nuevo en esa situación: el jueves pasado conseguí un trabajo aquí en Dublín, pero este martes me llamaron diciéndome que de momento no me lo podían ofrecer porque ya no necesitaban a nadie.

    Más allá de la imagen que dio la empresa, fue una excelente oportunidad para practicar este hábito de no juzgar lo que es “bueno” o “malo”.
    Partiendo de la base de que nada es bueno o malo, aunque quiera seguir diferenciándolos, pienso que la vida sabe mucho más y mejor que yo lo que es “bueno” o “malo” para mí.

    Otra cosa vendrá. Puede ser que peor, puede ser que mejor. Puede ser…

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