El milagro nace de ti • The Mindful Room
El milagro nace de ti

23 Abr El milagro nace de ti

Hoy es San Jordi, el día del libro y de la rosa. Y no se me ocurre una mejor ocasión para conmemorar uno de mis días favoritos del año que obsequiarte con un cuento. Un cuento de esos que apunta a ti, a esa sabiduría milenaria que almacena tu alma y que toca directamente a tu inconsciente.

No he escogido un cuento cualquiera, se trata de un cuento llamado «El Santo». Porque hoy alabamos la obra de un santo y además acabamos de dejar atrás Semana Santa, una semana en la que se venera la Pasión de Cristo… así que creo que puede venir bien.

Porque más allá de si eres creyente o no, más allá de si tu creencia se llama Dios, Buda, el Universo o Gea, lo importante aquí es el verbo creer. Ese es el punto de inflexión.

Somos seres curiosos, los humanos. Creemos en figuras que realizan milagros y hazañas increíbles, nos permitimos sentir profundamente deidades inalcanzables que nos hablan desde un «más allá – más aquí» que no podemos situar ni en el tiempo ni en el espacio, pero jamás nos paramos a considerar la posibilidad que estos dioses seamos nosotros. 

¿Te has planteado alguna vez la posibilidad que aquello que admiras de esa figura que te inspira, ya esté en ti? ¿Te postras ante tu grandeza como lo haces ante los dioses? ¿Eres capaz de reconocer tus dones, lo que puedes llegar a hacer e incluso honrar lo que ya has logrado?

La creencia hace milagros. Pero jamás olvides que la creencia nace de ti. Y si crees hacia fuera, ¿qué impide que creas hacia dentro? El milagro nace de ti, el milagro eres tú.

Aquí te dejo el reproductor por si quieres escuchar la versión podcast. También disponible en Spotify, iVoox y iTunes con el nombre del programa «Cómo vivir con calma mental».

Cuento milenario: «El Santo»

Una noche de tormenta, en un lejano monasterio entre altas montañas, llamó a la puerta un hombre ya maduro que según afirmó, buscaba el sentido de su vida. Ramayat que era así como se llamaba, explicó que su intención era iluminar su mente y abrir el corazón de forma contemplativa y laboriosa.

Tras ser admitido por la comunidad que allí se congregaba, pidió que se le encomendasen los trabajos más duros que pudiera haber, ya que según afirmaba, tras pasar esta prueba de humildad y obediencia, encontraría al Dios de su corazón por el que tanto había caminado y al que tanto había orado.

Los años fueron pasando mientras Ramayat seguía trabajando en las ocupaciones más modestas del monasterio. Día tras día, realizaba las labores que todos los demás consideraban menos deseables y más incómodas… Una y otra vez, se decía a sí mismo. “A través de este trabajo consciente, purifico mi mente y realizo el amor infinito de mi corazón”. Y así, poco a poco, mientras iba pasando en tiempo, los demás monjes comenzaban a reconocer su tesón y virtud, por lo que se ganó el respeto y admiración de todos los que le rodeaban.

Al cabo de 7 años de retiro y esperanzada búsqueda, pensó que ya era hora de poner término a su estancia en el monasterio, por lo que decidió salir al mundo y continuar su camino allí donde las señales divinas le guiaran.

Tras despedirse de toda la hermandad, abandonó el lugar y comenzó a recorrer valles y montañas, aldeas y poblados, realizando aquellos servicios que ayudaran a otros y además le procuraron el sustento que necesitaba.

Pasados ya otros tres años, y dirigiéndose hacia una gran ciudad, se encontró con un grupo de personas entre las que se hallaban dos seres que según todos decían eran “almas grandes”, dos mahatmas a los que todos veneraban. Al parecer, y por lo que pudo enterarse, se trataba de dos seres que, según afirmaban aquellas gentes ya habían realizado su nivel supramental.

Como quiera que dicho grupo llevaba la misma dirección que el monje, éste se unió a esa gente y sin decir nada particular de su pasado, recorrió el camino con todos ellos hasta llegar la noche, momento en que decidieron acampar. Pronto, Ramayat observó que nadie de los presentes llevaba encima ningún alimento que llevarse a la boca. Sin embargo, comprobó como los dos mahatmas, tras un breve ritual, comenzaron a pedir alimento a través de una fervorosa oración. Cuán grande fue su sorpresa que, de pronto, vio como los dos grandes seres se acercaron sonrientes al grupo, llevando bajo su brazo pan suficiente como para alimentar a todos. Ramayat se sintió conmovido por el extraño fenómeno que había presenciado.

Por otra parte, se decía a sí mismo ¡Qué poder tendrá la oración capaz de procurar milagros! Así pues, no pudiendo reprimir su admiración y curiosidad, se acercó hasta los dos iluminados y les preguntó qué habían hecho y a quién habían rezado para conseguir este don del cielo.

A lo que ellos contestaron con naturalidad que había existido un monje santo, de nombre Ramayat, un verdadero buscador que entró hace trece años en un alto monasterio entre montañas. Y dicen todos los que lo conocieron que su grado de pureza y abnegación era tal que pronto conmovió a toda la Orden. Dicen también que un día, cuando a ojos de todos, ya había alcanzado el nivel Supramental en el gran amor de su corazón, se marchó del monasterio, no se sabe a donde, tan sólo se sabe que desde ese momento todos los monjes cuando necesitan de un favor especial del Universo, piden en su nombre, apoyo y ayuda.

Desde entonces, hombres y mujeres solicitan favores que nunca tardan en llegar. Se dice que toda persona que recibe su Gracia envuelta en mil diferentes formas, elevan su gratitud porque un nuevo santo despertó a la Luz y desde allí late en el corazón de la Humanidad entera.

Ramayat, hombre humilde y anónimo escuchó muy atento… guardó silencio y sonrió. Al poco, tomó agradecido el pan que le ofrecían aquellos sabios y se dispuso a comerlo para tomar fuerzas y seguir el camino de la vida.

 

Este cuento forma parte del libro «Cuentos para aprender a aprender«. Una recopilación de cuentos milenarios con raíces sufíes, indias y Zen. Una selección que José María Doria recogió y a la que denominó «patrimonio ético de la Humanidad». Si quieres acceder al libro, haz clic en la imagen.

 

La mirada hacia dentro

Acompañarte a descubrir tu dimensión interior es lo que me ha llevado a crear este espacio. No porque sienta que soy una master del Universo y tenga todas las respuestas (yo solo tengo algunas de las mías), sino porque desde que descubrí mi propia dimensión interior me di cuenta que ese era el camino para trascender el sufrimiento, abrazar el dolor, conectar con lo esencial, y en definitiva ser feliz a través de las pequeñas cosas y la paz sostenida.

En un mes va a salir el curso Calma tu mente y vive sin dramas pensado para que vayas conectando hacia dentro. Haz clic en el enlace si crees que ha llegado el momento de ir más allá de la mente pensante. Y no te preocupes, conectar contigo no hará que te desconectes de tu deidad; crecerá el espacio interior en el que podáis convivir y alimentaros ambas.

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